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Nuestras exigencias con los vehículos eléctricos

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Si nos paramos a reflexionar un poco sobre cómo fueron evolucionando los vehículos durante la fase inicial de la historia de la automoción, observamos que la tecnología del vapor coexistió con los primeros vehículos eléctricos, y ambos rápidamente cedieron paso a los vehículos que empleaban derivados del petróleo como carburante. La fiebre del oro negro nos ha durado unos cien años.

Con la llegada del siglo XXI, vuelven los eléctricos pero las reglas del juego han cambiado. Las exigencias que había una centuria atrás hacia aquellos ruidosos e incómodos vehículos movidos torpemente por combustibles apenas evolucionados no tienen nada que ver con las que existen hoy en día para el vehículo eléctrico. Son cosas de los tiempos que nos ha tocado vivir, pero de alguna manera distorsionan la imagen que podemos tener sobre la movilidad eléctrica.

Es de sobras conocido el argumento de que, con el auge de los automóviles movidos por gasóleo y gasolina, se estancó la investigación sobre formas de almacenar la energía eléctrica para obtener los mayores rendimientos posibles. En cambio, durante esos cien años avanzó la experiencia en motores de combustión con paso firme y decidido.

Así, si los primeros vehículos movidos con carburantes fósiles fallaban estrepitosamente, contaminaban de forma aberrante e incluso explotaban de vez en cuando, hoy por hoy tenemos vehículos de gasolina y de gasóleo con unas prestaciones que harían enrojecer de orgullo (y de sorpresa) a los mismísimos Nikolaus Otto y Rudolf Diesel, aquí presentes.

Otto y Diesel

Eso sí: aunque hayan mejorado enormemente en cuestiones medioambientales, los motores de combustión interna siguen contaminando a medida que consumen un recurso finito y costoso de extraer de la tierra como es el petróleo.

¿Qué se le pide a un vehículo eléctrico?

A un vehículo eléctrico se le está pidiendo ya autonomía, facilidad de recarga, velocidad, potencia, comodidad, precio económico... Es decir, todo aquello que le costó un siglo entero al automóvil de motor térmico. Remontándonos a aquellos orígenes, existe un consenso en cuanto a que el Ford T marcó un punto de inflexión en la aceptación del petróleo como fuente de energía para la movilidad, ya que el precio asequible del vehículo, producto de la implantación del trabajo en cadena, posibilitó su éxito.

Bien, veamos... Los primeros Ford T se vendían en 1908 por hasta 1.000 dólares de la época, que al cambio actual, teniendo en cuenta la inflación acumulada, vendrían a ser unos 16.600 euros... ¡por una caja con ruedas sin mucho más equipamiento que unos asientos forrados en piel! Con todos los respetos para la marca del óvalo, pero lo que es... es. Por otra parte, su consumo medio era de 20 litros a los 100 kilómetros y desarrollaba 20 CV con los que alcanzaba una velocidad de 71 km/h.

De acuerdo, las comparaciones son odiosas, pero... ¿por qué le exigimos a los vehículos eléctricos lo que los de combustión tardaron tanto en resolver? Es más, ¿por qué seguimos pensando que la tecnología, con todo lo que ha avanzado en las últimas dos décadas, tardará como un siglo entero en resolver esta montaña de exigencias?

En Espacio Renault Z.E.

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