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Algunas ideas para la protección antirrobo de las recargas

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La noticia del robo de energía eléctrica por parte de un usuario que desenchufó un vehículo para abastecer el suyo es uno de esos capítulos que con el tiempo quedarán en el terreno de la anécdota. Avanzamos hacia un futuro eléctrico cada vez más presente, pero estamos aún al inicio de la era.

Esto quiere decir, entre otras cosas, que asistimos ahora a una etapa en la que los retos se van a suceder, uno tras otro, para lograr una movilidad limpia y segura en el menor tiempo posible. Pero hay cuestiones que resolver, y el de la seguridad antivandalismo en el proceso de recarga es una de ellas.

Tenemos la tecnología necesaria

Las posibilidades tecnológicas que tenemos hoy nos permiten codificar la identidad de un vehículo en apenas unos bits, y también es posible instalar en cada punto de recarga los hardware, firmware y software necesarios para el reconocimiento del vehículo. De hecho, los postes públicos funcionan de un modo parecido para facturar la energía al usuario.

¿Que se corta la conexión entre el punto de recarga y el vehículo? Fantástico (bueno, no tanto), pero el poste no suministra electricidad a cuenta de ese vehículo a nadie más, e incluso se puede vincular esa información con el cierre mecánico del conector en la base del vehículo. Una vez más, ¿que el proceso de carga no ha finalizado? Entonces no es posible desenchufar el conector, a no ser que el titular del vehículo lo ordene, claro.

Lo que resulta cada vez más evidente es que si necesitamos una red de puntos de recarga tan habitual en nuestras carreteras como lo son las actuales estaciones de servicio, y si durante el proceso de recarga será práctica cotidiana que el conductor se ausente del lugar para realizar gestiones, para comer o para irse a dormir, entonces los puntos de recarga tendrán que disponer de unos sistemas estandarizados que impidan la manipulación por personas ajenas al vehículo, de forma análoga a los sistemas que ya hoy en día, y por ley, impiden el uso del vehículo sin autorización.

En casos extremos, quizá no estaría de más hablar de puntos de recarga vallados en los que el conductor deja su automóvil para que se vaya recargando, sale de la parcela como quien sale de un aparcamiento público, cierra la valla con la ayuda de una tarjeta dotada de microchip, y de esta forma evita posibles hurtos y desconexiones malintencionadas. ¿Por qué no?

Punto de recarga

Contra el vandalismo, consenso

Son algunas ideas que se podrían llevar a la práctica en un plazo de tiempo no demasiado largo, aunque para que tengan éxito será necesario, una vez más, el consenso entre los diferentes sectores y, también, entre los diferentes fabricantes.

Pongamos un ejemplo que nos resultará familiar. Si en el caso de los vehículos movidos por gasolina o gasóleo cada estación de servicio pusiera un boquerel (la boca de la manguera del surtidor) diferente en forma, diámetro, longitud, ¿qué ocurriría? Cada vez que un conductor quisiera repostar, debería sacar del maletero un adaptador, acoplarlo de forma correcta para evitar pérdidas de combustible... un lío. Y desde luego, nada de ir a estirar las piernas mientras el surtidor sirve su producto, ya que quizá el acople fallaría y el derivado del oro negro acabaría desparramado por el suelo.

Por fortuna, cuando un conductor lleva su coche de gasolina a la gasolinera, no tiene que preocuparse por cómo va a ser la toma de recarga y eso le permite repostar sin preocupaciones gracias al consenso que un día adquirieron todas las partes implicadas.

En el caso de la movilidad eléctrica, deberá suceder algo similar. Y en el campo de la lucha contra los robos y otros actos vandálicos, también. Si cada fabricante aporta su mejor savoir faire a la investigación, pronto el proceso de recarga de las baterías de los vehículos eléctricos será una actividad que estará exenta de desagradables sorpresas.

En Espacio Renault Z.E.

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