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La Guerra de las corrientes, lucha eléctrica a finales del siglo XIX

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La guerra de las corrientes es la demostración de que estos debates que presenciamos hoy sobre las posibilidades de la movilidad eléctrica y sobre cuál es la mejor opción de futuro en el terreno de la energía no son en absoluto nuevos. De hecho, tan antiguo como el dominio de la energía es la guerra por el control de esa energía (y si no que se lo pregunten a los homínidos de 'En busca del fuego').

Ya cuando hablamos de lo que le pedimos hoy en día a los vehículos eléctricos hicimos un sano ejercicio de remontarnos cien años atrás para intentar comprender nuestro momento actual, y es que el escenario en el que vivimos hoy no deja de ser un dejà vu de algo que ya se vio en el pasado, así que hoy vamos a volver allí de nuevo para presenciar una guerra insólita: la de las corrientes.

Corre la década de 1880 y la electricidad es un filón para los empresarios que pueden invertir en su producción y distribución. La era de la luz artificial se abre camino con paso firme y fulguroso, y todos entienden que el futuro es eléctrico. La incipiente segunda Revolución Industrial, basada en los motores eléctricos que sustituirán a los de vapor, es un terreno fértil para hacer negocio, y así lo ven los protagonistas de lo que se conocerá como Guerra de las corrientes: Thomas Alva Edison y George Westinghouse.

Thomas Alva Edison y George Westinghouse

Edison, que pasa por ser el padre de la electricidad, hace años que invierte su ingenio en artilugios que funcionen con corriente continua. Su empresa, la Edison General Electric Company, tiene un futuro prometedor desde que en 1881 se presenta la lámpara incandescente en la Exposición Mundial de París. Edison confía plenamente en la corriente continua para la iluminación de ciudades y todos los usos industriales que se le quiera dar a la fuente de energía que tiene en sus manos.

Por su parte, Westinghouse irrumpe en el mercado de la electricidad con la empresa Westinghouse Electric y recogiendo el testigo de un ingeniero eléctrico, nacido en lo que hoy es Croacia, que no entiende el futuro eléctrico si no es empleando la corriente alterna. Ese ingeniero es Nikola Tesla.

La corriente continua es aquella en la que las cargas eléctricas fluyen siempre en el mismo sentido y, por lo tanto, hay siempre una misma polaridad (polo positivo y polo negativo). En la corriente alterna, por el contrario, tanto la magnitud como el sentido en que fluyen las cargas varían cíclicamente. A la hora de plantearse la distribución de la electricidad, la corriente continua presenta el gran inconveniente de las pérdidas de energía, que no existe con la corriente alterna gracias a la posibilidad de transformarla aumentando el voltaje y disminuyendo la intensidad, y con ella, la probabilidad de pérdidas energéticas.

A partir de ahí, ambos empresarios se enzarzan en una batalla de mutuo desprestigio que culmina cuando Edison pone a uno de sus ingenieros a diseñar una silla eléctrica de corriente alterna para demostrar públicamente cuán perjudicial resulta la apuesta energética de Westinghouse. En las pruebas realizadas se electrocutan perros, gatos, e incluso un elefante de circo llamado Topsy.

Por su parte, Tesla decide entrar al trapo y probar que la corriente alterna, bien empleada, no tiene por qué dar problemas. Para ello no recurre a ningún animal, sino que se somete él mismo a una descarga eléctrica que no le causa daño alguno. En ese momento, la Guerra de las corrientes comienza a dar un giro inesperado, y Westinghouse ve reconocido el valor de la corriente alterna para usos masivos.

En la Feria Mundial de Chicago celebrada en 1893, la Westinghouse Electric consigue la iluminación del evento ya que presenta un presupuesto de la mitad de lo que pide la Edison General Electric Company, y ahí Nikola Tesla ya puede mostrar sus generadores y motores de corriente alterna. En poco tiempo y después de una década, la Guerra de las corrientes habrá finalizado.

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