Érase una vez el automóvil. En los inicios, competían entre sí distintas tecnologías: el caballo, el vapor, la electricidad y el motor de combustión interna. El vehículo a motor al principio fue algo de burgueses, nobles y monarcas: caros y exclusivos, inaccesibles a la gente corriente.
Entre los clientes más selectos el eléctrico triunfaba por sus ventajas: limpieza (no se manchaba uno las manos), silencio, confort… pero el motor de combustión acabó ganando. Un siglo después las cosas están empezando a cambiar. Los híbridos y los eléctricos reclaman su altar en la cúspide de la exclusividad.
Durante muchos años, el máximo lujo se ha asociado a los motores más potentes, a los coches más rápidos, a los más caros en materiales, a los más difíciles de adquirir por el 99% de la población. La eficiencia empieza a ser un factor diferenciador más, aunque sus clientes no lo tengan como factor principal.
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